Las paranoias del joven Werther
Aquel día se levantó feliz, aunque un tremendo dolor de barriga le hizo despertar antes, y además debía esperar al menos tres horas para desayunar porque tenía que hacerse unos análisis, no importaba, aquel día era feliz, porque aquel día se libraba del trabajo. Por mucha gente que feneciera ese día, por muchos ataúdes que se quedaran sin lustrar, por muchas lápidas sin grabar, ese día, ese bendito día, no trabajaba.
El motivo no era cómodo, por otro lado, pero iba a evitar, entre otras cosas, ver la cara de su padre, que no podía ser más perfecta para una actividad laboral tan lúgubre como la de enterrador. El hecho de liberarse de encerar ataúdes o de inscribir nombres y fechas en pedazos enormes de mármol, le causaba un alivio que hacía nacer en su cara una estúpida sonrisa que no borraba en todo el día. Y no era sólo porque ese día no trabajara, trabajar no era tan importuno como pensar en la futilidad de susodicha labor. Nadie veía ni valoraba su esfuerzo, él había abrillantado infinidad de féretros, y nunca nadie había comentado en algún entierro: "Qué maravilla de ataúd, brilla como el mismísimo sol, qué preciosidad, una verdadera obra de arte", o "desde luego, hay que ver lo bonitas que han quedado las letras, ¿verdad?". Luego, la caja al agujero, a que se pudra, y la plaquita a coger polvo y que se paseen las hormigas por encima. Ése era el principal motivo de hastío en su trabajo. Era como cocinar durante horas y tirarlo todo a la basura, cuando ha llegado al punto perfecto de elaboración. Pero aquel día no tendría que lamentar un esfuerzo para él inútil. Después de sacarse sangre, el día sería suyo.
Verdaderamente tenía un dolor de barriga bastante agudo, pero además era extraño, un dolor muy peculiar, eso le hizo olvidar, o al menos ignorar en la medida de lo posible, su agudeza. Era extraño porque no era un dolor continuo, sino que iba y venía, pensó que ya había tenido antes otros dolores también extraños, como aquel dolor itinerante, que a cada hora estaba en un sitio diferente: el brazo izquierdo, la rodilla derecha, el cuello, los riñones... o aquel otro en el cuero cabelludo de las cejas. Sonrió y se acordó de ese amigo suyo tan correcto, que tiene el nombre preciso de todas las cosas, y al que no le duelen las piernas, sino las tibias; no el codo, sino la articulación que une cúbito y radio con húmero; no un ojo, sino la pupila. Era un tío extraño, le dolían simpre cosas muy raras. El suyo era un dolor punzante. Luego, demasiado tarde, supo que lo que había tenido eran los retortijones previos a la diarrea.
Salío de su casa, sin embargo, feliz; su cara lo decía, su sonrisa sincera y limpia. Todo el mundo en la calle, cuando se cruzaba con él, lo pensaba: "Éste es un tío feliz, éste sí que sabe". Decidió incluso que ese día tenía que disfrutarlo al máximo, iba a saborear cada segundo de su día, de su bendito día, y al final, lo coronaría con su cita.
No cogió el autobús, a pesar de estar a más de media hora del ambulatorio, le echó valor y se fue andando. Todo le gustaba, en el cielo le gustaba la gran masa espesa, gris y poluta, que ocultaba al sol en treinta kilómetros a la redonda, esa mierda que techaba la ciudad llegó a gustarle; le gustaban también los montones de basura apilados en cualquier callejón apestante a meados de gato y de borracho. Hasta el mendigo semidesnudo que estiraba su brazo esquelético, Entonces el dolor se hizo más punzante y reaccionó: había caminado durante una hora, se había pasado el ambulatorio y tuvo que volver atrás un buen trecho. Ya no le gustaba nada, para ser exactos, en realidad, lo que sucedía es que ya no miraba nada, sólo, cada cuarenta y siete segundos, su reloj, con el único temor de llegar tarde y tener que esperar. Desgraciadamente así fue: una enfermera, una inmensa enfermera con cara de luna le informó, cuando él le entregó un papel lleno de garabatos, que su hora había pasado y tenía que esperar.
Tras una pausa, él salió corriendo, en realidad no sabía exactamente a dónde, pero sabía que en ese preciso instante aquél no era su lugar. Corrió todo lo largo, ancho y alto del Centro de Salud, atropelló y fue atropellado, y cuando pensó que ya no había nada que hacer, lo encontró, el cielo se abrió ante él, fue, si cabe, más feliz aún de lo que había sido aquella mañana. No pudo creerlo cuando lo vio: W.C. Mientras desalojaba sus cavidades ventrales pudo pensar, y sin prisa, porque supo desde el principio que aquello no iba a ser breve. Y pensó, ciertamente, que aquel dolor tan singular, que le había resultado simpático por lo que tenía de extraño, no había sido otra cosa que la consecuencia de lo que su madre, la noche anterior, le había advertido a cada cacahuete que pelaba. "No comas tantos que te van a hacer daño". Y sus pensamientos fueron interrumpidos por otro pensamiento más sabio: "Más vale que evacúes rápido si no quieres que se te vuelva a pasar el turno". No fue aquella la única vez que fue al baño, fueron seis en el transcurso de una hora; en una de las tantas, pensó, con la ironía que provoca la resignación, que era chocante que en aquel lugar tan apropiado no fuera capaz de pedir polvos de talco para aliviarse.
Al fin le tocó. Nunca se había mareado por una cosa así y no temió, pero en cualquier caso avisó al doctor de que andaba suelto del vientre y no se encontraba muy fuerte. Evitar ese pinchazo le iba a alegrar en extremo y no estaba de más intentarlo. Sin embargo, el médico le dijo que no, que no importaba, que un desayuno arreglaría el problema. Llevaba más de cuatro horas levantado, no probaba bocado desde hacía al menos doce, había vaciado sus interioridades hasta dejarlas secas, y ahora le iban a sustraer parte de su preciada sangre.
Efectivamente nunca se había desmayado en situaciones semejantes, pero aquel día estuvo dispuesto a hacer una excepción; por fortuna no tuvo que sucumbir, y la cuestión es que se lo pusieron bastante a mano: tuvo la gran suerte de ser el paciente "un millón" y le toco ser atendido por la enfermera novata que, por otra parte, era una inepta consumada. Le independizó el brazo del resto del cuerpo de una forma tan exagerada que creía no tenerlo; su vena más marcada empezó a palpitar y a ponerse morada. "Huy, pues es que no se te ven muy bien las venas, ¿eh?". Y pinchó haciendo salir un chorro de sangre que dejó huella no sólo en la cara de la novata, sino también en toda la ropa del pobre paciente. Tras varios intentos fallidos en los que se empezaba a formar una sospechosa bola morada en la vena, la neófita salió del paso llamando al enfermero jefe, que fue quien se hizo cargo de la operación. Al salir fue visto por el niño de siete años que iba detrás de él, y salió el crío despavorido a todo correr sin que su pobre madre pudiera darle alcance.
Estuvo en la calle más pronto de lo que pensaba. En una cafetería pidió manzanilla —especificó "infusión"— y un par de magdalenas, pero cuando lo hubo consumido tuvo que expulsarlo. Aquello empezaba a despintar su día y decidió coger un autobús para llegar cuanto antes a su casa, tumbarse en su cama y leer a Goethe, plácidamente, sabiéndose cercano al baño, con tranquilidad, y paz. El autobús no tardó demasiado, pero venía cargado. Pudo subirse de milagro, pero antes de llegar a la siguiente parada se arrepintió de hacerlo, porque su simpático dolor le auguraba una próxima carrera. Y, en efecto, así fue; atravesó los escasos dos metros que le separaban de la salida tras ser golpeado por una anciana que se pensaba acosada sexualmente, y de casi tragarse el mono de goma que colgaba de la mochila de un deportista que sudaba como una bestia y olía peor.
Fue corriendo, cuando consiguió bajar, a la Academia de Mecanografía, que era lo que más cercano tenía, y se dirigió a los baños. Abrió una puerta, y cuando pulsó el interruptor no había luz. Tampoco le importó mucho, porque pensó que aquello, cuanto más íntimo fuera, mejor. Ya empezaba a plantearse el día de otra forma, porque aquél que iba a ser un día especial, se estaba convirtiendo en algo monótono. Mas lo monótono lo borró inmediatamente de su mente al ver, a la luz de su mechero, que en aquel lugar no había papel higiénico, y tuvo que lavarse el culo en el lavabo de la manera más cómoda que consiguió teniendo en cuenta que no veía nada. Sencillamente aquello no le estaba pasando a él, no podía ser real, así que dejó de darle importancia; salió del centro y paseó relajado hacia su casa. Por fortuna su intoxicación intenstinal le había dado una tregua.
Había lentejas. Como esa noche tenía una cita no quiso hablarle a su madre de su percance con el hipogastrio para no preocuparla y que le "prohibiera" salir, así que tuvo que comerse el medio kilo de guiso que su progenitora le propinó. Como es de suponer, toda aquella tarde la pasó evacuando, pero se consolaba con la idea de aquella noche, que por ser la noche de su día, de su día especial, de por sí era especial también.
Salió temprano, ya no tenía nada que expulsar y confió en su buena suerte. Su cita era bastante tarde, aún así quiso aprovechar sus horas de libertad al máximo. No vio ningún conocido, ni amigo, pero no le importó, porque sólo podía pensar en su encuentro, en su cita: lo demás no importaba, todo sobraba mientras no llegara rauda su hora deseada. Bebió cerveza de bar en bar, observando y mascando chicle de menta, lamentándose a veces de no ser un tipo normal, al que le suceden cosas normales, y que tiene siempre a alguien a quien contárselas. Pensaba eso, pero cuando empezaba a pensar demasiado en lo mismo, su yo cobarde , el que temía su verdadera forma de ser, el que se avergonzaba de su persona, le consolaba diciéndole: "Qué tonto, tú eres normal, lo que te pasa a ti le pasa a cualquiera". Así podía dormir alguna noche, convencido como un niño por su madre, como un niño, quedaba convencido por su otro yo.
Comió un sándwich y paró a echar gasolina a la moto. La hora se acercaba y empezó a sentir aquella excitación que le producían siempre las citas de este tipo. Esta vez la excitación consiguió desorientarle, lo cual hizo que se pasara la salida de la autovía y tuvo que volver a la ciudad a iniciar de nuevo el viaje desde el punto de referencia que tenía grabado en su mente. Ya no estaba excitado, más bien alterado, algo nervioso, y por este motivo despistó de nuevo la salida que tenía que tomar. Parecía estar jugando, pero no le gustaba el juego. Al final tomó el camino debido. Se relajó un poco y condujo hasta el lugar establecido. Allí estaba. "No me mires así, ya sé que llego tarde, me he perdido. Venga, dame el tema que me largo". Se produjo en total silencio y con precisión, como siempre ocurría, se dieron la mano y se separaron. "Oye, ¿por qué llevas pegado un chicle en la nariz?". No supo qué decir, recordó que no había sabido dónde colocarlo mientras comía el sándwich y lo dejó en su nariz por el transcurso de una hora. Se despegó el chicle y siguió mascándolo, entonces empezó a comprender la sonrisa burlona del empleado de la gasolinera y la de la pareja que se paró junto a él en el semáforo. Se sintió desgraciado y mísero, su sentido del ridículo habría sobrevivido a aquel día sin mayor problema, sin embargo, ante aquel hecho tan degradante pensó que nada podía ser peor. Su amigo, su mejor amigo, la persona a la que más admiraba y más respetaba, había abierto la boca, había pronunciado unas escuetas palabras, una inocente pregunta, y lo había sumido en el más profundo de los pozos llenos de mierda de la humillación. Si hubiese sabido, habría llorado.
Las luces de la ciudad le animaron un poco y pensó incluso en pararse a tomar una copa más. Todavía se veía movimiento en el bar. Sacó su último cigarro y tiró el paquete vacío a una alta cuba para escombros. Se empezaba a encontrar mejor. Compró tabaco, pidió una cerveza y se sentó a observar, pero se abstuvo de mascar chicle. Otra vez, igual que aquella mañana, volvía a gustarle todo lo que veía, las cosas empezaban a mejorar, su vientre se asentó del todo, y en poco tiempo superó, como tantas otras veces, su complejo, su sentimiento de absurdidad que de vez en cuando le martirizaba por un breve espacio de tiempo. Le gustaba el ambiente cargado del local, el borracho de su lado.
Un grupito de chavales llamó su atención, parecían sacados de una caja de "airgamboys", todos igualitos, engominaditos, y con mucho dinero. Tenían absortas a unas chicas haciendo malabares con sus vasos de güisqui, lanzándolos con presteza y habilidad hacia arriba, volviéndolos a coger sin derramar una sola gota, y colocándolos en la mesa de un golpe tras darle un último trago. Le gustaba también eso: hacían cualquier cosa para ligar, y lo sorprendente era que eso funcionaba. Aquella imaginación que poseían ellos era la que le faltaba a él, imaginación y determinación, por eso era por lo que no tenía novia, pasaba desapercibido la mayoría de las veces.
Se acercó bastante decidido, bebió un trago más de su cerveza para que su vaso pesara menos, y con gran osadía se unió al grupo y realizó la complicada maniobra, pero al coger el vaso —vacío— al vuelo, lo rompió y se cortó en la mano por cuatro sitios. Sucumbió sin oponer resistencia, y no sintió que caía, sino que directamente se lanzó de cabeza a su grotesco pozo pestoso. "Soy gilipollas, un membrillo gilipollas redomado". Pero no, aquello no estaba pasando, ése no era él, aquello era una película, un sueño. Definitivamente eso no estaba sucediendo. Salió, saltó y salió rápidamente de su cenegal, y decidió que ya había pasado demasiado tiempo.
Subió a su casa a fumarse, si era preciso, toda la yerba que tenía. Decidió no pensar en todo aquello, en todo su día, sólo quería fumar e ignorarlo todo, como si no le hubiese sucedido a él, es más, como si ni siquiera hubiese pasado, a nadie. Borrado, todo borrado, eso no existía.
Entró en la cocina. "Y ahora, amiguitos, a fumar, a fumar sin parar"; volvió a echar comida a sus peces y pudo sentir, de repente, cómo su cara perdía color; en aquel instante, si hubiese estado ante un espejo, no habría visto con tanta claridad cómo su cara palidecía. En ese momento tuvo la certeza de que una maldición había caído sobre él, aquello no podía ser otra cosa que una maldición, una maldita maldición. Imposible, no era cierto, se negaba a creer que fuera real que su yerba se encontrara en el fondo de una cuba para escombros del tamaño de un camión.
Se acercó, aminorando el paso, al contenedor; desde lejos no se veía tan alto, verdaderamente parecía inútil ni siquiera plantearse la idea de recuperar la marihuana. Sin embargo, paseó ante el sublime munumento pensando, esperando a que llegara la idea; lo tenía muy claro: no iba a abandonar fácilmente. Estaba bastante alto, no demasiado, pero lo suficiente para que ni intentara escalarlo en su condición de cuasi mutilado. Lo rodeó para calibrar con exactitud las dificultades a las que tenía que hacer frente, y pareció evaporarse su impotencia al llegar a la cara opuesta, y ver que allí la altura de la pared no excedía del medio metro. Y allí estaba, brillando como una estrella, el paquete de tabaco que había tirado sólo unas horas antes y que hasta hacía escasos segundos había temido irrecuperable. Tuvo que meterse en el interior de la cuba, notó cómo se sumergía hasta los tobillos, entre ramas podadas y una mezcla de barro, meado de gamberro y agua de lluvia. Pero no le importó. Cuando iba a salir de la condenada caja, un policía le observaba con curiosidad desde fuera. "¿Qué hace usted ahí?". Ahora se estaban llenando sus botas de aquella asquerosa sustancia, sentía cómo sus pies se enfriaban cada vez más. "Nada, recojo mi paquete de tabaco, lo tiré por equivocación". No tuvo miedo, ni tan siquiera se sorprendió, salió, y dando las buenas noches al agente, se fue a su casa.
Supo que ya nada podría alterarle, nada iba a sucederle, estaba en su cama, a salvo, era de noche y se iba a dormir; pero la verdad es que le costaba hacerlo, porque un único pensamiento, un pensamiento con una enorme fuerza se lo impedía: ese día, ése que iba a ser un gran día para él, había tenido como motivo primero y último, como motivo único, la recompensa merecida de un porro. Todo lo sucedido no era relevante, sencillamente no era, sólo quería fumarse un pitillo. Pero en ese día, el destino tuvo que guardar para el final su broma más cruel, y reírse aún más fuerte. Cuando se disponía a la tarea clandestina, su mano lesionada le impidió que procedira; el dolor de sus cortes se hizo más fuerte, apenas podía moverla, le fue imposible liar aunque sólo fuera uno. Y ahora, antes de que el sueño le venciera, tenía que decidir si aprender a llorar para futuras ocasiones semejantes, o aprender a liar los porros con una sola mano.
Creo que me lo dejo para el finde, ya lo advertiste, es largo, muy largo y ahora estoy en el curro.
Pero aprovecho para saludarte.
BSS
tía qúe paranoia !!!! está genial, me ha gustado mucho, es muy cercano, no sé...
besitos.
Voy a hacer lo mismo que Ele, me lo voy a guardar para el finde y así lo leo con tranquilidad. Aunque reconozco que después de adelanto que nos hiciste sobre este texto, birra en mano, me pica la curiosidad al máximo!!!!
Te volveré a comentar este post :)
Way, espero no haber creado demasiadas expectativas.
Mara, este relite tiene algo así como 10 u 11 años. Tiene su historia.
Besitos
Bravisisisimo!!!
jajajaajjaajajajaja, 10 o 12 años por lo menos!
dioss!!! acía años k no sentia esa intriga k ace k sigas leyendo..esta way, me a gustao.
lo empece a lee esta tarde y no pude terminarlo xk tenia las clases y cuantito e yegaoa mi casa (despues de la charla de las notas....) corriendo pa terminar d leerlo...esta way me gusta tu relite..saludos....
Andrea la ortografiaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!! Jaja, es que no me acostumbro a leer en lenguaje sms, ¡¡me duelen los ojoooos!!!
Espero que la charla de las notas no te haya deprimido. A estudiar, a aprender y a aprobar. Es fácil.
Un beso wapa
Hermanisísimo, creo que tú debes de tener un ejemplar, le puse una dedicatoria especialísima al Chub. Yo no encuentro el original, igual tú tienes una joya literaria y no lo sabes XD
Besitos
Pobre Werther no veas qué día. Yo conozco un Wentworth al que también le pasan cosas muy malas.
¿De verdad son situaciones reales?
Todas menos una de las del final. Y detalles como el del chicle y otras cosas más (el mono de goma, hijo de un enterrador... en fin... muchas)
Un beso
Yupiter, ¿quién es ese tío tan bueno?
Yo lo quiero.
¡Me ha gustado ñiñaaaaaa!
y lo que es mejor.... me ha recordado cosas que me han pasado a mi.
Casi casi es como ver un capítulo de una serie tipo Mr. Bean o por el estilo.
¡Quiero más!
Joeerrrr! cuando yo estaba en el insti uno de clase "trabajaba" de enterrador (o ayudaba a su viejo en el cementerio municipal) y hoy en día es el delegado de Patrimonio historico del ayunta.... ja ja ja ja ja! cada vez que hacen una agujero en el casco viejo y aparecen tumbas, o restos de la muralla o similares.... tienen que venir los técnicos municipales y el antiguo apañero "enterrador".
Weno, voy a ver que me quiere la niña.... Besiños....
Gracias Pei. Me alegro mucho de que te guste. Y de haber "hablado" contigo ayer. Un beso mu grande
Amás.... yo ya se quien tiró el paquete a la papelera.... ja ja ja ja ja...(tu me lo contaste el otro día en un comentario a mi post jodía).
Enga!..... un besito mu grande y abracito en el culito.
Diox...
Esto ha sido un ejercicio visual que me ha dejao ciego. Deberías de haberlo puesto por capítulos. Aunke tambien es verda que podría haberlo leido a cachos...
Eso si, he disfrutado más la lectura porke ya adelantaste algo el finde anterior mientras nos tomabamos unas cervecitas, Tu, yo, nieves, Caín y una silla vacía que dice llamarse Azul.
Por la cara, qué paranoya er Caín con la puta silla vacía, y le daba besitos y to XD qué tío más zumbao, se lo va a creer y tó. XD
Me alegro que hayas disfrutado de la lectura.
Un beso
Hacía tiempo que no sentía esta intriga por saber que le pasaba a este personaje. Me ha encantado, tia eres una máquina escribiendo.
UN BESO DE TU ALUMNO CHELU.
Iyo, Jose Luis, menos mal que no has escrito el comentario en lenguaje sms, que te podría haber matado XD
Un beso