Llegué a Menorca el domingo (30 de dic) por la tarde. La verdad es que me quedé un poco triste porque el abuelo no estaba muy bien, de hecho ni me conoció cuando me vio. Estaba desorientado, la diálisis le había dejado fatal ese día.

La mañana del día 31 amaneció mucho mejor, me dio la bienvenida y la cosa tenía otro color, así que cogí a Ringo y nos fuimos a Son Bou, que es la playa más grande que tiene Menorca, al Sur; y una de las de arena más fina y blanca que he visto en mi vida.

De esto que viene ahora ya hablé en una ocasión el año pasado a propósito de la leyendaque habla de una ciudad sumergida a pocos metros de la orilla de la playa...

Antes de comer Ringo tuvo un encuentro muy feliz con su nuevo amigo Rocky, el perro de mis primas.

Y después de comer, mi hermano, mi cuñada y yo cogimos a mi abuela y nos la llevamos de excursión. Yo tenía muchas ganas, desde hace años, de ir a Biniguarda, a unos poquitos kilómetros de Alaior, que es el predio donde mis abuelos fueron payeses durante muchos años,y donde pasábamos los veranos, entre vacas, ovejas, perros, conejos, gallinas y cerdos.

Cuando llegué, después de más de 20 años de haber estado allí, sentí una cosa muy extraña. Bueno, todo parecía mucho más pequeño de como yo lo recordaba (el camino también más corto). Pero sentí de pronto algo dentro, no sé, era como si la niña saltara de alegría por volver a estar ahí...

Esta es la parte de atrás del predio.

Eso de ahí (en la foto de abajo) es donde mi abuelo tenía las ovejas. El olor de ese sitio era muy especial. Era un lugar oscuro, y recuerdo que mi abuelo había puesto las cámaras de unas ruedas de tractor como bebederos para las ovejas.

Hay una anécdota que nunca olvidaré: un verano vinieron mis primos de Alcalá, mi primo Juaki por aquellos entonces tendría 12 años, yo 7 y mi hermano unos 6 o así. Un día tuvo lugar este diálogo:

JUAKI: Iyo, Israé, a que no ere capá de subirte a una oveja.
ISRAEL: Anda que no.

Y de inmediato se puso a perseguir una oveja para subirse. Lo logró, incluso fue capaz de cabalgarla durante unos segundos, pero la oveja hizo un quiebro que terminó con mi hermano metido en el bebedero de las ovejas, y mi primo y yo descojonados de risa...

Esta es la boyera, donde estaban las vacas. Cuando entré el olor casi me hace llorar. El olor es superpoderoso, es el billete más barato hacia el destino más lejano: el pasado. Fui una niña de 7 años otra vez, por unos segundos. Fue muy fuerte esa sensación.

Desde ese trozo de poyete que se ve ahí (en la foto de abajo)pegué una hostia una vez. Me hice un chichón y el ojo se me cerró ¡¡¡y yo pensaba que el ojo se me había dado la vuelta!! estaba traumatizada...

Por esa puerta se bajaba donde el abuelo tenía los conejos. Era el sitio ideal para jugar al escondite.

Esta es la fachada del predio. El señor que vive ahora (que sólo tiene ovejas) nos dejó entrar en la casa. Ya lo he dicho, en mi recuerdo era más grande, sin embargo, seguía estando igual. Cuando vi la cocina me vinieron a la memoria los yogures que hacía mi abuela. Habría recorrido cada una de las habitaciones, pero no era plan (demasiao que nos presentamos ahí sin avisar ni nada, y el hombre, que vive ahí como un auténtico ermitaño, se quedó flipado con la visita).

Y después a casa, a preparar la cena de Fin de Año...