Hay veces que me enfado con mi perro. Cuando mejor estoy me pregunta por ti. También te echa de menos, y lo entiendo, pero es un inoportuno.

Me pregunta dónde estás, por qué no vamos a la playa contigo, por qué ya no vamos a buscarte para dar vueltas con el coche.

Me pregunta por qué no vienes, por qué no nos pasamos horas escuchando música y charlando.

Me dice que ya no soy la misma, que algo ha cambiado, que las paredes de casa se están tiñendo de gris. Y no le gusta.

Me dice que me falta algo. Que a veces le miro y no le digo nada, que sonrío menos, que brillo menos, que todo menos.

Y yo no sé contestarle. Bueno, conozco las respuestas, pero no sé contestar. Sólo me quedo mirándolo, al principio enfadada, porque no sé a cuento de qué viene ahora preguntarme por ti; luego triste. Y los dos nos miramos y nos preguntamos por qué estamos los dos sin ti, y nos quedamos serios, porque tenemos respuestas pero no sabemos contestarnos.

Me quedo ausente, y él también, porque mis cuatro paredes se repletan de imágenes, de recuerdos y de cosas que ya no existen; y me echan de casa, me echan de mí, todo se llena de algo que no existe, y lo que existe queda fuera, ausente. Es ajeno. Lo que existe ya no existe.

Me quedo ausente y triste, con un perro ausente y triste que te echa de menos y me echa de menos.

Y tú no lo sabes...


Ya no subo la cuesta que me lleva a tu casa...