Me encuentro en una época de sequía, bueno, más bien es que estoy ocupada con "otras cosas" y la inspiración se ha quedado algo dormida. Así que he optado, como la amiga Daru, por recurrir al baúl de las creaciones antiguas.

Este relite lo escribí una tarde después de recoger unas caracolas con cangrejo que encontré en la arena. Y me lo dediqué expresamente a mí. Después, este relite inspiró el nombre de mi blog.

EL CANGREJO ERMITAÑO

Algunos que lo conocían opinaban de él que era un tipo raro, porque le gustaba estar solo la mayoría de las veces. Ese calificativo no le ofendía, pues entendía que la vida había provocado que determinadas personas sintieran cierto recelo y aprensión ante los solitarios.


La verdad es que el solitario tiene muy mala prensa, sobre todo entre esa gente que no concibe que uno pueda sentirse acompañado consigo mismo. Precisamente, a esos que miran con prejuicio al solitario lo que les pasa es que no les gusta quedarse consigo mismos, porque temen encontrarse a solas con sus propios pensamientos. Sería más acertado decir que, más que desconfianza por el solitario, lo que sienten es desconfianza por su propia soledad, o por sus propios pensamientos cuando están solos. Deberían pararse a pensar qué es más peligroso, qué deberían temer más.

Una persona sola da qué pensar porque enseguida se le ponen etiquetas y se especula sobre su soledad: puede ser que esté sola porque sea tan rara que nadie quiera estar con ella, o que ella no quiera estar con nadie; porque es un ser antisocial, un misántropo; porque puede estar tramando un mal contra alguien o contra sí mismo… Lo que no se suele pensar, y es más común de lo que se cree, es que ese solitario no se siente solo, porque está acompañado por la naturaleza que le rodea y por sus propios pensamientos, con los que está en paz, o no, pero que no los teme. Pero esto es más difícil de concebir, por eso el hombre solitario tiene que luchar con esa mala fama, aunque no le importa tener que defender su postura. Es un hombre tranquilo.


A lo largo de su vida pasó por muchos trabajos, por muchas ciudades, por muchas casas… Se encontró con mucha gente buena que dejó su huella en él, y con gente mala que también lo hizo. Pero siempre contó con algún amigo con el que hablar de vez en cuando. El hombre solitario tuvo sus momentos de soledad, de tristeza, de desamparo… como todo el mundo, no más, y siempre supo salir del atolladero con mayor o menor esfuerzo.


Últimamente reflexionaba mucho sobre eso, sobre su existencia y cómo había llegado hasta donde estaba. En algún momento se dio cuenta de que, aunque en cada etapa de su vida se había adaptado a las circunstancias de la situación y había vivido o sobrevivido sin derecho a quejarse demasiado, siempre había un momento en que la coyuntura le había obligado (o él había obligado a la coyuntura) a cambiar de lugar, de ambientes y de compañías. Eso le hizo reparar en que cada cambio o vicisitud iba destinado al encuentro de su verdadero lugar en el mundo, era un paso más para llegar a su destino.

Es curioso cómo la gente nace en un punto del planeta y permanece en él con el convencimiento de que ése es su lugar, de que no hay otro lugar en el que vivir o morir, y se aferra, con un sentimiento casi absurdo de lealtad a una tierra en la que se puede ser feliz, o no. El hombre solitario no conocía patria porque consideraba que su patria era el mundo. No se aferró al lugar en el que nació o en el que vivió en determinado momento. Uno no es de donde nace, sino de donde pace. Cuidó y amó cada lugar como lo habría hecho cualquier lugareño oriundo, porque amaba el mundo. Era su hogar.

Ahora vivía cerca del mar. La impresión de saber que ése era su lugar no era la primera vez que la tenía, pero sí era la primera vez que había sido especialmente intensa. De cualquier forma, no se aferró a esa sensación, se abrigó con ella, pero no la ató a su corazón, sabía que en cualquier momento un golpe de viento, o de mar, podría volver a hacerlo cambiar de rumbo.

Un día, antes del amanecer, bajó a la playa. Todos los días lo hacía, y daba largos paseos hundiendo los pies en la arena y en el agua. Pero ese día le ocurrió algo diferente. Cuando había andado no más de cien pasos, vio en la arena un montón de caracolas arrancadas del fondo marino y arrojadas por la mar al arenal. Tomó algunas en sus manos, todas tenían su cangrejito dentro, pero ninguno parecía querer salir a la orilla. Pensó durante un momento. ¿Qué hacían ahí? Ese no debía de ser su lugar, deberían estar en el fondo de la mar, cerca de las algas y las plantas marinas. Decidió no pensar más y los lanzó al agua, facilitándoles así su regreso a su hábitat.

Estuvo un buen rato, mientras el horizonte clareaba, recogiendo y devolviendo las caracolas a la mar, pero una de ellas lo hizo detenerse. Estaba vacía. Era una caracola bonita, pero su cangrejo se había mudado y ella estaba ahí dispuesta para la llegada de un nuevo morador.


El hombre solitario se metió la caracola en el bolsillo y siguió con lo que estaba haciendo hasta que limpió la orilla de aquella desacertada incursión de cangrejos ermitaños, expulsados por error fuera de su medio. Cuando hubo terminado sacó la caracola y la observó detenidamente. Estaba limpia. Parecía haber estado vagando por el fondo marino, a merced de las olas y la marea, en busca de su cangrejo, hasta que una ola certera la trajo hasta él. Le llamó la atención los relumbres coralinos y nacarados de su interior, y fue entonces cuando sintió una especie de ensoñación, se acercó, descalzo, con la caracola en la mano, y se sumergió hasta las rodillas en el agua calma que la playa ofrece al amanecer. Estaba como seducido por una fantasía y la caracola se le escapó de las manos cayendo al agua, al mismo tiempo que sentía cómo él se colaba dentro de ella.

El frescor del agua le hizo salir de aquel ensueño y percibió que se adaptaba a su nuevo espacio sin ningún problema. Pronto se acomodó a la retorcida espiral de su caparazón y se adentró sobre el fondo marino en su nuevo hogar, en su nuevo mundo. El cangrejo ermitaño había encontrado su caracola definitiva.


El sol salía por el horizonte.


La caracola del sol naciente, 25/01/05