Faros (IV). Los fareros
Lo cierto es que el halo de misterio y encanto que rodea la vida y el mundo del farero y que (nos) cautiva a muchos, tiene mucho de literatura y de idealización. No debió de ser tan atrayente esa vida y ese trabajo como podemos pensar hoy en día.
Aparte de la dura faena que suponía permanecer vigilante al fuego de las hogueras o a las lámparas de aceite primero, y a la linterna después; la soledad y el aislamiento forzado, dependiente en todo momento de la clemencia del mar, suponía un más que considerable motivo para desear estar en otro sitio haciendo otra cosa.

Pero cuando el mar y el viento se aliaban para abofetear las vidas de los fareros y los marinos, aquello podía convertirse en la más virulenta de las condenaciones.
Son innumerables las historias de sacrificios, calamidades, privaciones y sufrimientos; a las que debemos añadir los peligros y los apuros durante las tempestades y los temporales de viento y agua que padecían los fareros y sus familias.
Algunas de ellas parecen sacadas de libros de aventuras (más bien desventuras) o de los episodios del romanticismo más extremo y oscuro.
Cada faro lleva ligadas a su nombre muchas desgracias dignas de ser recordadas.
Faro Eddystone. (Cornwall. Gales). Asentado en un peligroso arrecife, en 1755 sufre un incendio que lo destruye. Uno de sus fareros muere tras haber tragado un trozo de plomo fundido y el otro se vuelve loco.

El Faro The Smalls, en Pembrokeshire (Gales) vivió una de las escenas más macabras. Se vio ondear la bandera negra de solicitud de ayuda urgente, la tormenta atroz impedía a las barcas de salvamento alcanzar el faro, pero pudieron ver a un hombre agarrado al mástil de la bandera en la galería exterior. Cuando por fin se aplacó la tempestad y pudieron acudir al rescate, descubrieron que aquél era el cadáver de uno de los torreros, que había muerto de manera repentina, y el otro había sacado fuera porque no sabía qué hacer con él mientras llegaba la ayuda.

En Belle Isle (Francia), una noche de abril de 1811, el servidor del Faro Kerdonis enferma repentinamente al mismo tiempo que se estropea la maquinaria de rotación del faro. Y tienen que ser su mujer y su hijo de diez años los que pasen toda la noche dando vueltas manualmente a la gran óptica. Al amanecer ella cae exhausta y el farero muere.

Durante estos temporales, en los que la incomunicación era total, sin posibilidad de aprovisionarse de víveres o medicinas, las circunstancias podrían hacerse extremas si además naufragaba algún buque.
Es el caso que vivió el Faro de las Islas Columbretes (Castellón. España). Un vapor zozobró y con ayuda del farero y su familia la tripulación pudo ser rescatada. Los días pasaban, el temporal no amainaba y las provisiones se agotaron. La situación se hizo tan desesperada que los náufragos llegaron a pensar en tomar a la hija del farero como alimento. El farero y su familia se hicieron fuertes evitando así el macabro plan, hasta que fueron rescatados.

Faro de la Isla de Mouro (Santander) 1865. Un mistral despiadado elevaba olas de más de 25 metros por encima de la cúpula del faro. Uno de esos embates destrozó los cristales de la linterna apagando el faro y lanzando escaleras abajo al farero. Auxiliado por su compañero, consiguieron ambos desmontar la óptica para protegerla en las habitaciones. Después de cuatro días de fiero temporal implacable, en el que las olas entraban en el faro destrozando ventanas, chimenea y puertas, pudieron ser rescatados con grandes dificultades.

Desde luego, el farero de hoy en día lo tiene mucho mejor. La soledad no es forzada. El farero solitario es el farero que quiere ser solitario. Supongo que la vida de este farero es la vida que envidio un poco. Y la vida de los fareros ancestrales, es la que desde luego más admiro.
DIEGO dijo
PROFE ¡GRACIAS ! POR ENSEÑARNOS TANTAS COSAS INTERESANTES
UN BESO CON SABOR A MAR ENCABRITADO
16 Enero 2007 | 11:15 PM