Desde que el marino decidió que quería ir más allá de los límites visuales de la costa, mar adentro, necesitó ese anclaje, esa ligazón que no lo sumergiera en el abismo infinito de la mar eterna, más temible a veces en su superficie de horizontes innúmeros que en sus profundidades; y no lo expulsara fuera del mundo de tierra firme. El faro.
A la luz del día, aunque limitadas, eran casi suficientes las señales que el paisaje costero brindaba: cabos, montes… pero, naturales o artificiales, esas marcas se hacían totalmente ineficaces e insuficientes cuando la noche caía.
Las hogueras, situadas en lugares estratégicos, comenzaron a servir de indicador. Una guía considerada por muchos digna de culto y gratitud, con lo que muchos de esos lugares fueron santificados y dedicados a divinidades.
El Faro de Alejandría. El faro más famoso del mundo.
La isla de Faros, en la desembocadura del Nilo, frente a la ciudad de Alejandría, poseía unas reducidas dimensiones (12 metros de elevación, una longitud de poco más de dos kilómetros y medio, y una anchura de medio kilómetro aproximadamente), que no eran óbice para que existiera en ella un enclave marítimo con tres puertos, lo cual hacía necesaria la presencia de un faro.
Tras la conquista de Egipto por parte de Alejandro Magno, la fundación de la ciudad que lleva su nombre, y el posterior desarrollo de ésta, se fecha la construcción del faro entre los años 295 y 280 a. C. por parte del arquitecto Sóstrato de Cnido, bajo el mandato de Ptolomeo Filadelfo (hijo de uno de los generales de Alejandro).
La altura de la torre, sumando cimientos visibles y sumergidos, ascendía a casi 176 metros. Estaba dividida en tres cuerpos, y se subía a la cima mediante una rampa espiral que a partir del segundo cuerpo se convertía en escalera.
Cada uno de los ángulos de las esquinas del primer cuerpo del faro estaban adornados con unos tritones de bronce fundido que tenían una utilidad en caso de niebla y baja visibilidad, y era que, a través de un artilugio por el que se hacía pasar el vapor de agua de una caldera, emitían un silbido que servía de guía a los barcos.
Remataba la torre la estatua de un hombre desnudo que sostenía en su mano un tridente (un cetro, una cornucopia o un bastón, dependiendo de la representación y la época). Tenía un complejo mecanismo hidráulico que hacía que se moviera señalando la hora con la otra mano extendida, y a través de un sistema de relojería una sombra la marcaba en la pared de la torre.
El sistema de señalización era el fuego de unas hogueras de leña, luz que, ampliada con unos espejos metálicos, podía alcanzar las 25 millas.
En el s. VI se inicia el periodo de ruina del Faro de Alejandría. Por un lado, los bizantinos comenzaron a desmontarlo en busca de tesoros que no encontraron porque no existían. Sendos terremotos en los años 736 y 995 dañan la zona superior del faro; la base se ve afectada por los embates del mar, y a pesar de que en 1274 fue reconstruida la cúpula, en 1302 un nuevo temblor lo destruye casi completamente, con lo que en 1349 ya no queda nada del emblemático faro.
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