A veces me sorprendo a mí misma manteniendo una auténtica charla de besugo. De esas que, una vez transcurridas, te han parecido de lo más patético y hasta te has avergonzado de haber sido partícipe, ¡y hasta artífice! en algunos casos.

La denominación “conversación de besugo” nunca me ha convencido del todo, ¿por qué besugo y no boquerón? ¿O caracol? ¿Los caracoles tienen conversaciones más inteligentes que los besugos? Me extraña. Un caracol, de hecho, no tiene con quien charlar, salvo consigo mismo, es más, le basta consigo mismo para reproducirse, cuanto más para hablar.

Pues eso, que paso de los besugos (aunque no de los caracoles), y antes que pescado, prefiero carne, así que adoptaré la terminología “conversación jamón york”, que es igual de estólida pero me viene mejor para establecer el símil que viene después.

Las conversaciones jamón york hasta cierto punto son necesarias y muy útiles para según qué personas. Los típicos y eternos trayectos en ascensor son amenizados siempre con auténticas y suculentas conversaciones jamón york. La parada del autobús, la sala de espera del médico, la cola del banco… en fin, que la lista es considerable. Se pueden entablar solidísimas relaciones, amistades inquebrantables, a partir de una conversación jamón york. No es tan raro: imaginen que dos completos desconocidos se encuentran en la parada del autobús e inician una conversación jamón york que se prolonga durante el trayecto en bus, y, más tarde, en el ascensor del centro médico al que, casualmente, acudían ambos, y que continúa en la sala de espera del otorrino. Para entonces ya no sería conversación jamón york, sería conversación chorizo pamplonica.

Con el tema este de que no puedes fumar en el centro de trabajo y tienes que salirte a la puerta, coincidís tú y tu cigarrito, que es avergonzado testigo de todo, con un montón de peña con la que lo único que tenéis en común es el mechero. Y en el tiempo que tardas en fumarte el pitillo puedes mantener verdaderas charlas sandias, carentes absolutamente de sentido, y de las que luego abominas.

En ocasiones la situación te fuerza incluso a entablar tú mismo esa conversación. Y piensas: “Joder, ¿y ahora qué digo? ¿Me hablará el tío este? A ver qué dice el nota. Venga, será mejor que empiece yo, no sea que el colega se ponga a hablar del tiempo”. Y finalmente dices tú: “Iyo, qué calor hace para las fechas que estamos, ¿no?”. Y el otro sujeto te mira con ojos perplejos, y tú no lo sabes, pero él piensa: “Vaya el nota. Ya estamos otra vez con el puto calor, ¿es que la peña no tiene otro tema de conversión con el cigarrito?”. Pero al final sucumbe y te dice: “Ya te digo, a ver si empieza a hacer frío de una vez”.

Y ya la hemos liado.

El tema del tiempo es muy socorrido. Todo el mundo puede opinar del tiempo. La política, el cine, la literatura, el fútbol… son temas susceptibles de contar con material “no compartible”. Una peli que no has visto, un libro que no has leído, no te gusta el fútbol, no entiendes de política… Pero ¿el tiempo? Todo el mundo tiene frío o calor, y es francamente raro encontrarse con un experto meteorólogo que empiece a hablarte de anticiclones, balances hídricos, radiaciones ultravioleta,… y en tales términos que no puedas meter baza.

En cualquier caso, como he insinuado antes, las conversaciones jamón york realizan una gran labor social llenando incómodos silencios. A la gente no le gusta el silencio en compañía, demasiado que lo tienen que soportar en soledad. En cuanto ven la ocasión no la pueden desperdiciar: “Unos oídos, los tengo que aprovechar”. Y ahí están esos oídos, que no tienen culpa de nada, soportando el chaparrón (porque seguro que se habla de chaparrones, o de olas de calor).

El silencio es un bien muy preciado y se encuentra en peligro de extinción, y las conversaciones jamón york son su gran depredador. Retiro lo dicho antes, de labor social nada, las conversaciones jamón york son una ponzoña devastadora.

Una noche tuve una larguísima conversación (tres o cuatro horas) con una persona con la que jamás he tenido conversaciones jamón york (o si las hemos tenido ha sido intencionada y conscientemente, sabiendo ambos que lo eran y, por tanto, sustentándolas, con lo cual dejaban de serlo). Y estuvimos hablando aquella vez, precisamente, de las conversaciones jamón york y de lo mucho que echábamos de menos, muchísimas veces, tener a alguien cercano con el que mantener una genuina y absolutísima CONVERSACIÓN PATA NEGRA (como era precisamente aquélla).

Desde aquí, y desde este momento, prometo solemnemente, tras esta larguísima alocución, que contribuiré, con todas las fuerzas de mi voluntad, a erradicar para siempre las conversaciones jamón york, en pro de las conversaciones pata negra, o, en su defecto, en pro de un sano silencio, preferible a las tonterías que diariamente nos vemos obligados a oír (y decir).