El insólito caso de la mujer de negro
— Le he traído esta foto, y ésta es la dirección de su oficina. También trabaja los sábados. Los domingos no sale de casa. No tendrá problema para encontrarlo, sale a las siete de la tarde. Después no sé lo que hace ni a dónde va.
— ¿Sospecha que pueda tener una amante?
— Eso me lo tendrá que decir usted.
— ¿Toma drogas?
— Eso también lo tendrá que averiguar. Mire —la mujer se acomodó en la silla—, no sé nada, hace meses que mi marido es un completo desconocido para mí, por eso acudo a usted. Si supiera todo eso que me pregunta no habría venido aquí.
El detective guardó la foto y las anotaciones que había tomado en una carpeta azul exclusiva para esta clienta, y la citó para una nueva entrevista en cuanto tuviera algo que contarle.
* * * * *
3 de febrero
19:05: Sale del edificio. Le acompaña, agarrada de su brazo, una mujer con gabardina, sombrero, medias y zapatos: todo negro. No puedo ver su cara. Camina con seguridad. No hablan.
19:15: Entran en una cafetería. Él pide un café, ella no toma nada. Está sentada a su lado. No hablan.
19:35: Salen de la cafetería. Regresan a la puerta del edificio, donde está aparcado el coche. Suben y se incorporan a la circulación. El tráfico es denso. Hay un accidente de moto.
19:50: Les pierdo la pista.
* * * * *
— Le parecerá extraño, señora, pero la he citado para darle unos datos que descubrí el primer día que inicié la investigación, pero que no han variado desde entonces.
— ¿Y qué es lo extraño?
— Eso, que sé lo mismo que el primer día, me ha sido imposible seguirle durante más de una hora. Necesito más detalles, y usted me tiene que ayudar.
Saca la información que tiene archivada y se la muestra. Ella escucha atentamente. No se inmuta mientras el detective habla de la mujer de negro. Sólo una cosa la hace reaccionar.
— A ver si lo he comprendido bien, ¿lleva una semana perdiéndole la pista a mi marido y a su amante cada vez que se suben al coche? ¿Una semana? ¿Qué clase de detective es usted? —hace una pausa y aunque sigue sorprendida, trata de avanzar en la resolución de sus dudas—. ¿Para qué me ha llamado?
— La he llamado porque no podía pensar que eso pudiera estar programado de alguna forma. Prefiero creer en la casualidad.
— ¿Casualidad? Pensaba que el trabajo de un detective era seguir pistas, no perderlas constantemente.
— Necesito más datos, más horarios, más lugares.
El asombro y la duda desaparecieron de la mirada de la mujer, parecía no escuchar.
— En realidad su trabajo ha terminado ya. Mi marido tiene una amante. Ya está, ésa es la respuesta a todas mis inquietudes.
— Yo no he dicho que tuviera una amante.
— ¿Y qué otra cosa puede ser?
— Eso es lo que tengo que investigar.
— Quizá saben que los está siguiendo y saben escabullirse aprovechando el caos del tráfico.
— En cualquier caso debería seguir indagando.
La mujer piensa durante unos segundos.
— Una semana más. Si en una semana no tiene novedades abandone la investigación.
Cuando se quedó solo, el detective repasó los nuevos datos que le había facilitado su cliente antes de irse. Trazó un programa para el día siguiente. Volvió a revisar las anotaciones tomadas a lo largo de la semana, y se detuvo en unos pensamientos: no puedo seguir pensando que es una casualidad, se dijo.
* * * * *
— ¿Hay novedades?
Habían pasado tres días. Ella se sentó sin ninguna esperanza de que sus sospechas de ser una cornuda fueran infundadas.
— Pocas, pero interesantes. Entra y sale de su oficina con la mujer de negro. Lo he intentado seguir pero siempre lo he perdido por culpa del tráfico.
— ¿Casualidad? —dijo ella con ironía, a punto de levantarse y largarse de allí.
— Escuche, por favor. Ayer decidí adelantarme y esperarlo en su domicilio. Llegó con ella —el detective miró a su cliente—. Entró en su casa con ella.
La mujer no habló. Sólo sintió que la sangre le subía al rostro y le quemaba.
— ¿Eso es todo? —tenía ganas de terminar con aquello. Su humillación la aplastaba.
— No. Hoy ha habido una novedad.
Ella mostró cierto interés, pero ninguna emoción.
— Desde las nueve a las dos, cada mañana, su marido permanece en la oficina. Pero hoy —tomó uno de sus papeles para corroborar el dato—, a las once treinta ha salido. También acompañado por ella. Han subido al coche. Y, como siempre, los he perdido, pero he anotado los posibles sitios a los que podrían haber ido. Según la dirección que tomaron…
— Es fácil —se apresuró ella—. Seguramente ella también esté casada; cuando yo no estoy, vienen a mi casa, y sino a la de ella, o a un hotel. No soy investigadora privada, pero esto lo puedo deducir.
— Señora. Le repito que yo no he dicho en ningún momento que su marido tenga una amante. Ni siquiera se muestran cariñosos entre ellos. Lo único destacable es que ella va siempre de su brazo, agarrándolo con firmeza, como con miedo a que se le escape, pero también con la seguridad de que eso no es posible —se quedó pensando un momento, como si fuera consciente por primera vez de eso que acababa de decir.
— Déjelo, ¿me oye? Ya sé lo que quería saber. Mi marido me es infiel. No creo que merezca que me gaste más dinero en averiguar detalles.
— Ni un beso —el detective no quiere resignarse a abandonar la investigación con una conclusión equivocada—. Ni una mirada. Mire, personalmente, no creo que esa mujer sea su amante.
— Escúcheme —se puso muy seria—, personalmente, tiene muy poco crédito para mí un detective que sistemáticamente le pierde la pista a su investigado.
— Eso tiene que tener una explicación que le daré pronto.
— No es necesario. Es usted un incompetente.
El detective supo que aquella reacción de la mujer era fruto del odio y la ira que le provocaba el convencimiento de ser una mujer engañada por su marido. No era la primera vez que le ocurría algo parecido, pero en este caso, ese convencimiento era, en su opinión, erróneo. Sin embargo no quiso insistir. Ella ya se había calmado, esperaba que se pusiera a llorar y saliera de su despacho, pero en lugar de eso, la esperanza a estar equivocado que siempre se tiene cuando uno cree que su pareja le está engañando, la hizo cambiar de actitud.
— ¿De verdad piensa que esa mujer no es la amante de mi marido?
— Señora, no sé qué concepto tendrá de mí después de los extraños acontecimientos que acompañan a esta investigación, pero llevo muchos años en esto, son muchos los casos en los que he trabajado —la miró apelando a su confianza—. No creo que esa mujer sea la amante de su marido.
— Entonces, ¿por qué la lleva a mi casa cuando sabe que no estoy? ¿Por qué no sé nada de ella?
— Lo averiguaré, se lo prometo.
Ella hizo un esfuerzo por recuperar la tranquilidad y el ánimo. Él quiso recuperar los datos que no había podido comentarle antes.
Ante la evidencia, científica o no, casual o no, de que el tráfico se convertía en un aliado que les facilitaba constantemente la huida al marido de su clienta y la mujer de negro, el detective hizo una lista de los posibles lugares adonde podrían haber ido esa mañana teniendo en cuenta la dirección que tomaron con el coche.
La lista era interminable. A la mujer le pareció aquello un trabajo completamente inútil. Nunca podrían averiguar dónde habían estado.
— Pueden haber ido a cualquier sitio. Quizá a casa de ella…
— Si partimos de la base de que no son amantes, ésa debe ser una de nuestras últimas alternativas.
Entre los dos fueron descartando posibles lugares, y a las diez de la noche la infinita lista se limitó a tres opciones que también tendrían que reducirse.
— Dos hoteles, un hospital y tres museos.
— Mi marido no visita museos. Le aburren —estaba muy cansada.
— Los hoteles descartados, de momento.
— Puede que mañana haya que empezar otra vez desde el principio —sin esperanza.
— Posiblemente.
— Puede que hayamos estado perdiendo el tiempo.
— Posiblemente.
— Tiene un amigo doctor, seguramente fue a hacerle una visita. Quizá estuvieran en un hotel, o en casa de ella… — no tenía ánimos.
— Es tarde. Váyase a casa. La llamaré cuando tenga algo.
— Siento lo que le dije antes, no creo que sea usted un incompetente —y se fue.
* * * * *
Durante los siguientes días el detective mantuvo en vilo a su clienta. No fue ésa su intención, sólo quiso asegurarse antes de volver a entrevistarse con ella. Pero para ella fueron horas muy largas, ahí, sentada junto a su marido, el desconocido que guardaba un secreto y al que ella consideraba estar engañando por estar expiándolo también secretamente. Las dudas la atormentaban, la pretensión de hablar con él, preguntarle quién era esa mujer de negro que lo acompañaba, que lo sujetaba del brazo tan fuertemente, para que no se le escapara.
Espalda con espalda, en la cama. La mujer de negro debía de estar ahí también.
* * * * *
— ¿Ya lo tiene? —no sabía si era esperanza desatada o desesperación.
— No la he llamado para darle nuevos informes.
— Entonces…
— Quiero escucharla —ella se sentó sin acabar de comprender—. Hábleme de su marido, de su relación, su trabajo, su vida…
— Es su amante, ¿verdad? —la traicionaba el pánico.
— No. No es su amante. Sólo necesito más información.
Ella se tranquilizó, o trató de hacerlo. Ya no era la mujer entera y arrogante del primer día.
— Perdóneme, estoy nerviosa, estos días han sido muy duros para mí. He estado a punto de hablar con mi marido.
— No lo haga.
— No, no lo haré —terminó de reponerse— ¿Por dónde empiezo? ¿Qué quiere que le diga?
Él no contestó.
— Hemos sido felices hasta hace unos meses. Nuestra vida ha sido acomodada, no tenemos hijos, ambos trabajamos. No hemos tenido grandes crisis, lo normal… —miró al inspector, que tomaba anotaciones— ¿A dónde quiere llegar, detective? Debería ser usted el que me dé respuestas a mí.
— Por favor, continúe.
— Es que no sé qué quiere que le cuente. Todo ha sido perfecto en nuestra vida hasta que dejó de hablar amigo, empezó a hacer horas extras, a trabajar los sábados, a ausentarse. Ya se lo dije, es un extraño para mí —se detuvo y pensó unos instantes—. Llegué a creer que estaba metido en alguna secta o algo parecido.
El rostro del detective mostraba una expresión que ella desconocía hasta aquel momento. No lo entendía, todas sus dudas, sus sospechas, sus temores se agolpaban en su mente. Se puso a llorar en silencio.
— Yo quiero a mi marido, detective, sólo quiero saber qué le pasa, quiero recuperarle. Yo sólo quiero que vuelva a ser el de antes… que los dos volvamos a ser los que éramos —lo miró—. No sé cómo puedo ayudarle… Lo siento, de verdad, lo siento mucho —y lloró abiertamente.
Como en las consultas de algunos psicólogos, en los despachos de algunos detectives privados también hay una caja de pañuelos para los clientes-pacientes desconsolados. Se la acercó para que ella tomara uno.
Él no había escuchado lo que quería. Tenía la tentación de seguir preguntando, pero también sabía que ése era un riesgo que no podía correr, así que decidió callar y esperar. La mujer lloraba cada vez con menos intensidad. A él le daba pena. Aquello era sólo el principio.
— Venga mañana a las once —la mujer levantó la mirada, expectante-. Iremos a ver a su marido.
Ella no hizo más preguntas y se marchó.
* * * * *
Antes de ir directamente al lugar que el inspector tenía previsto llevar a su clienta pasaron por el edificio donde trabajaba el marido de la mujer.
— No está su coche —dijo ella.
— Contaba con ello.
Continuaron por la misma dirección que tomó aquel día que salió a media mañana de su oficina con la mujer de negro.
El tráfico les permitió llegar a su destino antes de lo que esperaba el inspector.
— ¿El hospital? —mencionó la mujer — ¿Está mi marido aquí?
— Acompáñeme, por favor.
Entraron, tomaron el ascensor y al final de uno de los laberínticos pasillos de aquel lugar se detuvieron ante una habitación. No hablaron. La mujer abrió la puerta y entró, el detective esperó en la entrada.
Su marido estaba postrado en la cama. Pensó que estaba muerto.
— Todavía no está muerto —dijo el inspector—. La mujer de negro está aún a los pies de la cama.
Frantic Snail dijo
Qué repeluco.
Mi mujer de negro no será una mujer de negro, será una canina con su guadaña.
Sí. Una guadaña grande y afilada.
10 Noviembre 2006 | 09:21 AM