La Coctelera

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27 Octubre 2006

Si no puedes huir de tus recuerdos, huye con ellos.

Nunca entendió a esos desesperados que beben para olvidar. La embriaguez sólo hace recordarnos más eso que queremos olvidar. Y lo peor es la resaca, que además nos recuerda lo desahuciados que estamos, y lo miserables que somos. No, beber no nos hace olvidar, nos hace recordar, nos hace revivir. Es más, no hay nada que haga olvidar aquello que en lo más hondo de nuestro corazón no queremos olvidar en realidad, podemos engañar a la mente, pero el corazón conoce sutilezas para mantenernos atrapados durante una vida entera.

Estaba claro que ese deseo de olvidar, tan apremiante ahora en su pecho, y tan doloroso, no iba a poder ser satisfecho de ninguna de las maneras. Ese antojo no era un habitante de la mente, lo era de su alma. Por eso desechó la posibilidad de huir en la ebriedad, y decidió que ya que era absolutamente imposible desasirse del pasado así como así, y que además, ese empeño lo único que haría sería atarlo aún más a él, decidió que ahorraría tiempo y dinero, y en lugar de huir de él, huiría con él.

Llegó a la estación de tren y se dirigió a la taquilla. Un viaje largo, tenía que ser largo. Mientras esperaba en el andén a que llegara su tren y pudiera subir se sintió impaciente, sobre todo al observar al resto de pasajeros que abarrotaban la estación, cargados de maletas, de proyectos, de despedidas, de reencuentros. Él sólo iba cargado con sus recuerdos. Los viajeros arrastraban baúles, y sus recuerdos lo arrastraban a él. Se acomodó en un vagón, junto a una ventana, y se dispuso a iniciar su viaje. La locomotora calentaba motores, él también. Comenzaron a moverse. El movimiento rítmico y cadencioso del tren lo relajó y se hundió generosamente en el asiento, sintió que sus recuerdos también se acomodaban en su corazón y los abrazó. Eran cálidos, como antes de ser un recuerdo. Cerró los ojos y empezaron a revivir en aquel compartimento, alejándose de la ciudad, que se perdía lentamente a través del cristal.

Abrió los ojos cuando supo que estaba alejado del paisaje urbano lo suficiente como para no arrepentirse de ello. Apoyó la frente sobre el frío cristal de la ventana, uniendo sus pensamientos a los del paisaje que en aquellos momentos empezaba a estrecharle las manos. Era agradable ver cómo el panorama que se ofrecía ante sus ojos y del que él era testigo sobre aquella máquina liberadora, y a través de un cristal cada vez más cálido, se hacía confidente y cómplice de aquella huida sensata, sincera e inocente.

Las nubes se transformaban en sus caprichosas formas en cada curva que la vía imponía, el sol entraba indistintamente por uno y otro lado del vagón, riéndose de los viajeros, jugando con las sombras y dando vida a la memoria distraída en el pecho. Los campos repletos de flores se convertían en montañas elevadas y majestuosas que ofrecían poco después un arroyo al que había que sortear mediante un puente delgado y quebradizo sobre el que temblaban balaustres, vías, vagones y manos medrosas entrelazadas y oradoras. A veces la montaña abría su vientre y dejaba que la máquina penetrara en sus entrañas magnánimamente, ofreciendo su calor, y cuando la dejaba salir, como liberándola, ésta le decía adiós con las manos de su chimenea.

El mejor momento en aquella huída fue el atardecer. Los recuerdos ya se habían aposentado en el pecho y calentaban la memoria como si se tratara de un hogar. El sol cayó poco a poco, derramándose en el horizonte inquieto del panorama que le regalaba aquella generosa ventanilla del vagón. El instante fue eterno, se clavó en el pecho como para no desprenderse nunca más, para formar parte de otro viaje, otro día, en otro tren, otra huida. Y se convirtió aquel momento en un pasado de recuerdos metido en otro nuevo recuerdo. Pero la certeza de una vida imposible sin aquella calidez y aquella ternura que el pasado le brindaba, le hizo llorar amargamente. ¿Tiene sentido el presente y el futuro sin el pasado? ¿Tiene sentido la vida sin los recuerdos? Para él no, era evidente.

El ferrocarril se precipitó en una, a pesar del revelador ocaso, temprana oscuridad, intensificada por unas nubes que iniciaron su llanto junto a él. Se humedecieron sus compañeros de viaje, sus cómplices en su huida, se enfriaron y, por un momento, como cada noche, le dieron la espalda, crueles y despiadados. Su frente, pegada al cristal, se heló, y las gotas repiqueteaban en su sien como remordimientos inoportunos.

Aquello duró unos minutos, atroces, sí, pero la extenuación lo venció y se dejó abrazar por un pasado preñado de hechos, personas, lugares... recuerdos vivos en el sueño.

Por la mañana, cuando abrió los ojos, un templado sol, que volvía a jugar cándidamente con las sombras del tren, había diseminado las perversas nubes de la noche anterior, y ahora éstas volvían a jugar con el paisaje. Y habían secado las lágrimas de su cara y de los cristales, menos fríos. Sus recuerdos seguían allí, con él, dormidos y abrazados, reconciliados con él a pesar de la noche. A su alrededor los viajeros que compartían con él compartimento tenían un fulgor especial en la mirada. Y cuando bajó del tren vio el mismo resplandor en los rostros de los pasajeros que bajaban de su mismo vagón. En el andén, rodeado del gentío que había ocupado el tren y viajado con él, observó que cada individuo cargaba, además de con su equipaje, con un cúmulo de recuerdos que habían florecido a lo largo del viaje, quizá influido por su propia experiencia, y que ahora se habían salvado de la indiferencia para siempre.

Después de esta experiencia tan sumamente gratificante y compensadora no se resignó a la vuelta a la vida anodina y fútil carente de recuerdos que le esperaba al otro lado del andén, sino que decidió embarcarse en una actividad que le reconfortaría el resto de su vida y por la que, quizá, sería alguna vez recordado: se hizo maquinista de tren, con el único propósito de facilitarle las cosas a los recuerdos más recónditos de los pasados más oscuros y profundos, y ganarle una partida más al olvido.

Tags: relites, memoria

servido por cangrejoermitano 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Julio Satarsa

Julio Satarsa dijo

Interesante historia y coincidente además. He estado este último mes abrazando las botellas para olvidar lo inolvidable, para evadirme de una realidad de mierda que aplasta y apenas me deja respirar. Y con el correr de las copas, he comprendido que no es el camino. Y justamente a raíz de esto, me voy. Estoy preparando todo para el vieje de mi vida, para radicarme en Ancud, pueblito de la isla de Chiloé, en el sur de Chile. Ahí espero hacer cualquier cosa, lavar platos o atender un bar. Da lo mismo.
Buena historia. Seguiré leyendo tu blog.

Julio Satarsa

27 Octubre 2006 | 10:33 PM

Oli

Oli dijo

Joder !!!!!!

28 Octubre 2006 | 01:16 AM

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