Me gusta cuando sopla el Levante y el mar se pone bravo. La gente no aparece por la playa. Sólo unos pocos se atreven a pasear por lo que queda de orilla, y algunos pescadores inconformistas echan sus cañas aprovechando que con este viento el agua está más cálida y los peces se acercan más a la orilla.

Ringo está feliz, porque la playa es toda para él, y puede echarse a la boca algún “bocadito de mar”. El mar trae algas, algún pescadito, y hasta chipirones y gambas. Verdaderas delicias para mi perro.

Pero el mar también aprovecha para devolvernos lo que es nuestro. La basura que hay en la orilla no la han dejado ahí cuatro guarros, esos cuatro guarros la han tirado al mar desde sus lujosos yates y sus lanchas rápidas. Botes de gasolina, de aceite para motor, bolsas de plástico… botellas de agua, de refresco. De vino!!! (Y todo lo demás que ya sabemos todos).

Total, que el mar, furioso, en cada ola, vomita y nos devuelve nuestra inmundicia, y nos dice: “Tomad esta basura. No es mía. Y no la quiero”.